4 de febrero de 2014

Sargento Rock (by El Entrecott)

Es una mañana como otra cualquiera en Brooklyn, un muchacho que cuenta apenas 11 años de edad espera junto con otras personas el tranvía, su destino, como el de otros, la parte alta de la ciudad, Manhattan, hervidero de transeúntes que corren alocados para no llegar tarde al trabajo. Esa mañana, Jonathan, que es como se llama el chico tiene que soportar los empujones y apreturas del destartalado transporte, que apenas puede con la carga. Los adultos que le rodean están enzarzados en una discusión, parece que tiene que ver con el partido de los Dodgers del sábado, pero a él todo esto le da igual, lleva bajo su brazo derecho un paquete hecho con papel de periódico, está atado firmemente con unas cuerdas de esparto. Lo agarra con fuerza, no quiere que se caiga al suelo, sería imposible recogerlo entre el gentío. Por fin el tranvía llega a su destino, Jonathan se baja sin que el viejo vagón alcance a detenerse, ya está en Manhattan, y sin que él lo sepa está a punto de cambiar la historia del cómic para siempre...

Un poco de historia.

Esta pequeña licencia narrativa que tenido la osadía de interpretar se pudo parecer bastante a lo que ocurrió la mañana que un joven Joe Kubert llevó las páginas de prueba a un editor neoyorquino, sí, solo tenía 11 añitos el muchacho, y sí, el editor le compró el material a 5 dólares la página. La trayectoria del “maestro” Kubert acababa de arrancar, y no se detendría en los siguientes 70 años. Innovador como pocos se adentró en territorios que a otros les eran esquivos, como Tor (no confundir con el rubio dios del trueno), el primer cómic de cavernícolas, el Súper-Ratón en 3D que desarrolló en 1945, Hawkman, el mítico hombre-pájaro integrante de la JSA, o su sensacional etapa en Tarzán a mediados de los 70. Pero ninguno de estos logros consigue hacerle sombra a su mayor creación como artista: El Sargento Rock. Su singladura arranca en 1953, inicialmente como tira dominical en el Chicago Tribune y más tarde, en formato de cómic-book para la editorial EC, que acabaría despareciendo víctima de la censura impuesta por el nefasto cómics code. En la segunda mitad de los 60, DC cómics se hace con los derechos de algunos títulos de la extinta editorial, probablemente bajo la influencia de Kubert, que era por aquella época editor jefe de la línea bélica de la compañía. Así, en un contexto bien distinto al de la guerra de Vietnam, las historias del Sargento Rock cobraron vida de nuevo con más fuerza que nunca, dotadas de un mensaje claramente antibelicista que no hacían más que ahondar en lo terrible de las guerras, en que lo que convierte a los hombres que combaten en ellas, en la pérdida de la inocencia, que tan bien conocía Kubert tras su paso por la Segunda Guerra Mundial. Todo ello contribuyó a hacer de la serie un título realmente exitoso, era el momento, los cómics eran leídos por aquellos que rondaban los 20 años en adelante, y estos no entendían una guerra cruel e injusta.

La última línea de defensa.

Han pasado muchos años desde la era dorada de los cómics de guerra, junto con títulos como Ace Enemy, la editorial Warren se ha dedicado a me- diados de los 70 a distribuir por medio mundo lo que EC denominó cómic de entretenimiento, en nuestro país la serie Hazañas Bélicas, ilustrada por el genial Boixcar ha fascinado a toda una generación, pero todo eso ha quedado muy atrás. En los 80 Marvel publica GI Joe, pero esta va de- dicada a un público claramente infantil. A principios de los 90 se hace otro intento con la más que decente NAM, pero el experimento no acaba de calar en un lector demasiado acostumbrado a los X- Men o Spiderman.

Durante los siguientes años el goteo de títulos dedicados, a la Segunda Guerra Mundial es incesante. Sobretodo en Europa y Japón, donde la novela gráfica ha plasmado desde el nazismo en el “Hitler” de Mizuki, o “Diario de Guerra“ de Hugo Pratt por citar un par de ejemplos. Esto demuestra que el interés por estos temas siempre ha estado ahí, solo hay que saber hacerlo atractivo al lector, de lo más ”fácil” ¿verdad?. En 2003, un Joe Kubert más inmerso en sus labores como profesor en la escuela que lleva su nombre es tentado, una vez más, para desempolvar al viejo sargento y su fiel comando en una última y suicida misión. El guión iba a correr a cargo de Brian Azarello, escritor de sobra conocido por sus trabajos en 100 Balas, Hellblazer o Batman, una elección más que lógica si se entiende que el de Cleveland es el mayor exponente de autor consagrado al cómic orientado a adultos de los últimos tiempos.

En este bosque no se oye ni a un grillo...

Estamos en Noviembre de 1944, a un año de que Berlín caiga en manos de los aliados, el pelotón comandado por el sargento Frank Rock, la compañía Easy avanza por el bosque de Hürtgen en pos de un grupo de agentes secretos de las SS, la misión: capturarlos para obtener información que ayude a ganar la batalla en tan inhóspito paraje. La primera parte del encargo se resuelve con éxito, los oficiales alemanes son apresados por la compañía Easy, pero esa misma noche escapan. A la mañana siguiente todos menos uno, aparecen muertos en el bosque, lo que en principio para una misión rutinaria se complica. Pronto, las sospechas se propagan entre los soldados, el propio Rock alberga dudas sobre sus hombres, que cansados y hastiados por la guerra han perdido la fe en todo y en todos...

De algún modo este giro al más puro estilo de las novelas de intriga es el mayor acierto de Azarello a nivel argumental, el resto viene por sí solo. Si algo caracterizaba las viejas historias del Sargento Rock era ese aire, a la par de desesperanza, y ensalzar valores como el compañerismo o el altruismo, que nos hacían ver que detrás del terrible telón de la guerra se encontraban seres humanos, lejos del maniqueísmo de otras obras. Tras una larga persecución, donde se suceden grandes diálogos, acabamos descubriendo que el bueno del sargento también se equivoca, que hay un ser humano tras ese pétreo rostro. Como es obvio, las referencias que Kubert utiliza (como si necesitara de alguna), van desde films como Los Chicos de la Compañia C o El Ángel Azul, la parte final con la chica cantando mientras la obliga un nazi a punta de pistola ya la quisiera Tarantino para sí.

Hasta que las estrellas se congelen (referencia prestada de Spiderman). 

Es muy difícil que se vuelva a dar un caso de precocidad y talento como el de Joe Kubert, un artista que dominó como pocos este medio, a su altura solo me imagino a Esiner, Kirby o Robert Crumb, quizás haya alguno más en la lista mental de cada uno de nosotros, pero ¿Quién sabe?. Leer una de sus páginas es adentrarte en un panorama visual fascinante, imparable por momentos, sobrecogedor y hermoso en otros. Supo captar mejor que nadie las grandezas y flaquezas del ser humano, y lo hizo de un modo sencillo, sin grandes excesos visuales, pero como los grandes directores de cine sabiendo siempre donde poner la cámara.

Del propio Kubert leí una vez una frase: “Si quieres ser dibujante de cómics lo tienes que desear todo el tiempo, te tienes que morir por dibujar, ocurra lo que ocurra y pase lo que pase”.

Creo que esto es lo que mejor puede definir a este inmortal genio, su legado pervivirá para siempre, salve maestro.

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