12 de noviembre de 2015

Silences: Missing Chapter

Soundtrack by
Christopher Young - Interlude

La mujer suspiró. Lo que estaba haciendo era una auténtica locura pero…, por primera vez en su vida, sentía que verdaderamente estaba haciendo lo correcto. Su infancia había sido como la de cualquier persona. Sin embargo, a medida que vamos creciendo, nos damos cuenta de cosas que antes no éramos capaces de ver. Ya no quería vivir en un mundo así. Se vislumbraba demasiado oscuro y aterrador.

Desvío la mirada hasta el pequeño, que aún se resguardaba tras las telas de su vestido. Era absolutamente increíble. La magia era tan extensa… y a veces se manifestaba de formas que creemos inconcebibles. Incluso ella misma había cambiado. Desde hacía un tiempo, ya no era la misma persona que antaño.


—¿Estás asustado? —preguntó con suavidad.


El pequeño alzó la cabecita para mirarla, y negó rápidamente con la cabeza varias veces.


Ella le acarició con dulzura los cabellos. —Eso es porque eres un niño muy valiente —aseguró.


El niño esbozó una sonrisa enorme, y cabeceó con convicción.


Sin embargo, una brisa helada recorrió las hojas de los árboles, paralizándola por completo. Puso al niño tras ella, esperando cualquier movimiento sospechoso. ¡Era demasiado pronto! ¡No había dicho a nadie a dónde se dirigiría, puesto que ni ella misma estaba segura de adonde debía ir! ¡No podía creer que la hubiesen encontrado! Escaneo la vegetación que los rodeaba, esperando que alguien saltara hacia ellos de imprevisto. Pero los segundos pasaron, y nada ocurrió. Escudriñó de nuevo los alrededores. Aquellos bosques no eran los más recomendables para una mujer y un niño pequeño.


—¿Quién osa importunar mi descanso?


La mujer tragó con dificultad. Una sombra gigante había crecido tras ella, proyectándola sobre el suelo. Sintió al niño temblar. Ella también estaba temblando.


—Os ruego que me disculpéis —su voz adoptó un tono cantarín, a causa del miedo que comenzaba a sentir—. No era nuestra intención.


Continuó sin mirar hacia atrás. Cualquier movimiento en falso, y no lo contaría. ¡No había llegado hasta aquí para pelear, maldita sea!



—Reconozco tu hedor, humana —siseó, molesto por completo—. Reconozco el aroma salino que desprendeis tú y los tuyos…: solo oléis a muerte —aseveró.

Ella volvió a tragar fuerte, sintiendo como un sudor frío comenzaba a recorrerla por completo. —No es así —masculló entre dientes, y buscando los pocos vestigios de valor que la quedaban—. Ya no.

La presencia tras ella se mantuvo en silencio. Sentía curiosidad, aunque jamás lo reconocería en voz alta. Y encima no solo había un humano. Había dos. La mujer, haciendo acopio de una valentía inaudita, se dio la vuelta, dispuesta a enfrentar a la figura dueña de la voz.

Un enorme dragón rojo, se mantenía tras ella, evaluándola con la mirada. En un acto inconsciente, volvió a esconder al pequeño tras ella, aunque en el fondo, sabia que era inútil. Él ya había captado su presencia.

—De todos los humanos que conozco, tú, eres la que menos hubiese esperado encontrar aquí. ¿A qué has venido? —cuestionó, sin perder un segundo su postura intimidante.

—Vengo… —titubeó, y comprimió la mano en un puño—. Vengo buscando un futuro diferente —alzó la cabeza, para clavar la mirada en aquellos ojos amarillentos.

El dragón continúo en silencio.

—He venido a rogar por un favor —el miedo, provocó que la voz volviese a temblarle.

La bestia echó la cabeza hacia atrás, y soltó una carcajada ingenua. —¿¡Un favor!? —repitió al aire, incrédulo— ¡No me hagas reír! ¡Una humana pidiendo un favor! ¡Es inaudito! —el dragón agachó la cabeza, y estiró el cuello para olfatearla— has cometido un grave error, humana. No tendrías que haber venido. Vuestra especie lo único que conoce es el arte de matar. Terminaréis con vuestra propia existencia. Y yo, junto con los míos, me sentaré a mirar cómo lo hacéis.

La mujer cerró los ojos con fuerza, desesperada. —¡Eso no es verdad! ¡Es cierto que solo demostramos lo bien que se nos da odiarnos los unos a los otros! —abrió los ojos— ¡Pero también sabemos amar! ¡Yo era así —reconoció, atormentada—, pero ya no más! ¡Porque he visto lo que deparará el futuro, en caso de que continuemos así! ¡Nunca jamás volveré a servir bajo una corona ungida sobre el miedo! ¡Sé lo que ocurrirá! —proclamó con desesperación— ¡Y es por eso mismo, que estoy aquí!

La bestia evaluó el perfil de la joven detenidamente. Nunca un humano había sido tan valiente, ni tan estúpido, en su presencia. La curiosidad seguía aumentando, por mucho que le molestara la sensación.

—Hay alguien que deseo que conozcas.

El dragón parpadeó, incrédulo. Ah…, sí. El segundo olor. Era extraño. Era un aroma infantil, pero… también peligroso en cierto modo. No le había gustado en absoluto desde el momento en que su olfato había captado el aroma.

Fue entonces, que una cabecita de cabellos rosados asomó tras las telas de la falda de la mujer. El dragón abrió los ojos con fuerza, estupefacto, para, a continuación, comenzar a concentrar las llamas en su garganta, colérico en su totalidad.

—¿¡Como te atreves a mostrar en mi presencia a semejante espectro!? ¡Humana insensata, nunca nadie había osado a incurrir en tal blasfemia!

Ella alzó los brazos, desesperada, viendo como las llamas comenzaban a resurgir de sus fauces, incontrolables. —¡Espera! ¡Espera, por favor! —chilló— ¡Es un niño! ¡Solo es un niño pequeño! ¡No es quien tú crees!

Las llamas se contuvieron aún en las fauces del animal, mientras que la joven respiraba de manera agitada, a causa de la ansiedad. El niño había vuelto a esconderse tras las telas de su vestido, aterrorizado en su totalidad.

—Por favor… —suplicó—, ahora ya no es la existencia que tú conociste —dio un pequeño paso al frente—. Ha quedado reducido a la forma de un niño. En cierto modo… —tragó en seco—, él siempre tuvo una parte humana, ¡él fue creado así! ¡su parte demoníaca ha quedado encerrada!

Las llamas se apagaron en un parpadeo. —¿Encerrada? ¿Qué intentas decirme, mujer? —cuestionó con seriedad.

La joven volvió a cerrar los ojos. —Sé de antemano que mantuvisteis una pelea —el dragón comenzó a expulsar humo lentamente de la nariz—. Ninguno de los dos salió vencedor. Y él, quedó debilitado, al igual que tú. Por algún motivo que desconozco, su parte demoníaca fue encerrada en un libro. Intente destruirlo —aseguró con desesperación—. ¡Intente destruirlo, pero no fui capaz! Y cuando quise darme cuenta, me encontré con él. Solo es un niño —sollozó—. Él no tiene la culpa de lo que ocurrió. Fue creado así. No ha hecho daño a nadie. No he podido… —las lágrimas comenzaron a recorrerle las mejillas—, no he podido abandonarle. Por favor… —suplicó—, por favor, ayúdanos.

El dragón fijó la vista en los pequeños cabellos rosados que sobresalían de las faldas de la mujer. —Acércate, pequeño.

La mujer jadeó de la impresión, y miró hacia atrás, para observar como el niño pequeño comenzaba nuevamente a asomar la cabeza tras ella. El niño ladeó la cabeza, y miró a la joven con atención. Ella se limitó a asentir, y se acuclilló frente al pequeño.

—Tranquilo —le acarició la mejilla con suavidad—. No ocurrirá nada. Mi amigo —el dragón soltó un bufido de fondo—, solo desea conocerte.

La boca del niño tembló durante unos segundos, pero al final, cabeceó con convicción, aguantando las lagrimitas que sobresalían de sus ojitos. Tragó fuerte, y dio unos pequeños pasos, hasta quedar justo al frente de las fauces de la bestia, quién le observó con atención. El pequeño no aparentaba de tener más de tres o cuatro años.

—¿Cómo te llamas, pequeño? —cuestionó.

El niño no pronunció palabra alguna, desviando la mirada.

—Desconozco el motivo —se adelantó la mujer—, pero, por ahora, apenas pronuncia sonido alguno.

El dragón arqueó una ceja con ironía. —¿Y qué pretendes hacer con un mocoso?

El niño frunció el ceño con seguridad, provocando que el animal esbozara una mueca. —¿Qué ocurre, mocoso, te molesta?

El pequeño rechinó los dientes, aun sin pronunciar palabra alguna.

El animal bufó. —Este mocoso no sirve para nada. Has perdido el tiempo, y encima, habéis terminado por aburrirme —cerró los ojos, mediante una mueca de hastío—. Así que si aún queréis mantener la vida —acercó peligrosamente su rostro hasta la joven— marchaos. Marchaos, y no volváis jamás.

Sin embargo, justo cuando iba a abrir sus fauces para mostrar los colmillos, el pequeño se interpuso entre la mujer y el animal, sin ningún resquicio de duda en los ojos. El dragón se obligó a reprimir la sorpresa de su rostro. ¿¡Ese maldito renacuajo osaba a interponerse entre él y su presa!? ¿¡Un moco de niño!? Entrecerró la mirada, evaluándole con atención. Interesante… puede que el debilucho fuese más valiente de lo que él creía.

Ella suspiró con profundidad, y frunció la boca en una mueca culpable. —Ha sido culpa mía. He sido testigo de ello, y no he sido lo suficientemente valiente como para oponerme —apretó las manos en puños, impotente—. Toda mi vida ha sido igual, hasta ahora. Esto es lo mínimo que puedo hacer por él. Intentarán encontrarme. No puedo arriesgarme a ello. Pero si contigo puedo garantizarle un futuro, que es de quien menos lo creerán, que así sea. Presiento que él será el único capaz de hacerles frente. Este pequeño humano, tal como tú dices, tendrá la fortaleza suficiente como para seguir adelante. No dudará —un aura de determinación comenzó a desprenderse de las palabras de la mujer—. Yo no llegaré a verlo, pero sé que lo hará.

—Me sorprenden tus palabras, Layla Heartfilia. Las hubiese esperado de la boca de cualquier humano, excepto de la tuya. ¿Qué ha ocurrido, como para que cambies de parecer? La última vez que nos vimos, no recuerdo que fueses así.

Ella se llevó una mano al vientre. —He conocido a alguien. Fue un encuentro fortuito, en verdad, pero es una buena persona. Tiene sus defectos, como todos, pero ahora sé con quien deseo pasar lo que me quede de vida. He estado tan equivocada… —se lamentó—. No deseo ser partícipe de un futuro aterrador, y no he sido capaz de verlo hasta ahora. No deseo —su voz tembló—, que mi hijo crezca en un mundo que su madre ayudó a construir. Deseo que sea libre —aseguró con fervor—, y que el día de mañana no quede eclipsado por un cielo negro de oscuridad.

El dragón suspiró con profundidad, y observó de nuevo al pequeño. —¿Tanta fe tienes en él, humana?

Ella cabeceó sin dudar. —Si.

El niño, inconsciente de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, miró con atención la tripa de la mujer, y con cuidado, se acercó hasta posar uno de sus oídos sobre el vientre. Tras unos segundos, esbozó una sonrisa enorme de felicidad.

—Lo oigo.

Layla jadeó fuertemente de la impresión. Había viajado con el pequeño durante las últimas semanas, y hasta el momento no había pronunciado palabra alguna. Miró al pequeño, estupefacta por la impresión, al igual que el dragón, que soltó una carcajada al aire.

El pequeño volvió a sonreír, enseñando la falta de uno de sus dientes, y se abrazó con felicidad a la cintura de la mujer. —La oigo —repitió— ¡La oigo!

Lagrimas de felicidad surcaron las mejillas de Layla Heartfilia. Tenía sus sospechas, pero aun no lo sabía de seguro. No se atrevía a soñar. No después de lo que había hecho en el pasado. Un pinchazo de culpa la asoló el corazón. Puede que no fuese capaz de ver a su hijo crecer, pero le aseguraría un futuro. Uno muy distinto. Uno, donde el cielo fuese prácticamente azul cristalino.

—¿De cuanto tiempo dispones?

La boca de la mujer decayó de nuevo en una mueca triste. —Lo desconozco. No más de unos años. ¿Cómo lo has sabido? —cuestionó suavemente.

—Solo conozco una magia capaz de encerrar a una forma etherias, Layla Heartfilia, y es la tuya. Sin embargo, toda acción conlleva un precio. Aun así, reconozco que sigues conservando un poder aterrador, aunque solo sea una parte de lo que solía ser. Desconozco también si le has encerrado por voluntad propia, pero te doy mi palabra de que me encargaré del pequeño. No obstante —advirtió—, si considero que se convierte en una amenaza, no dudaré en acabar con su vida, por muy humano que ahora sea.

Ella mantuvo la seriedad en el rostro. —No lo será —corroboró.

El dragón volvió a bufar humo por la nariz, y estiró la cabeza dignamente. Layla se arrodilló frente al pequeño. Había llegado la hora.

—Bien, Natsu.

El dragón parpadeó, incrédulo. —¿¡Natsu!? —se carcajeó con sorna— ¿Un poco irónico, no crees?

Ella hizo caso omiso del comentario. —¿Recuerdas la historia que te conté la última vez? —el pequeño asintió— no la olvides. No estarás solo. Nadie de nosotros estará solo. Vive, Natsu, y crea lazos. Unos tan fuertes, que nadie sea capaz de cortarlos. Puede que tu destino haya quedado ligado al mío, pero no me arrepiento, porque sé que será brillante —el niño esbozó una pequeña sonrisa.

Aguantando las lágrimas, la mujer se puso de pie. El rostro del pequeño cambió a uno asustado, y volvió abrió la boca para decir algo. Sin embargo, no pronunció palabra.

Layla sonrió, y le acarició los mechones rosados. —Vive, Natsu. Vive para proteger aquello que sea importante para ti. Nunca dudes.



Ocho meses después



El dragón se recostó con comodidad al lado de la fogata. El mocoso se encontraba recostado sobre su lomo, observando el firmamento con curiosidad, con una mantita por encima. Era extraño. Él, Igneel, Rey de los Dragones de Fuego, siempre había estado solo. No había compartido su vida con nadie. Sin embargo, ese pequeño mocoso se estaba haciendo un hueco en sus entrañas con una facilidad pasmosa. Había decidido enseñarle su misma magia, después de que el niño demostrara un ardor y una determinación inauditas. Si alguien le preguntase el porqué de su decisión, no sabría qué responder.

—¿Qué ocurre, Natsu? —cuestionó con sencillez— ¿no tienes sueño?

El pequeño se limitó a señalar las estrellas.

—¿Te gustan?

Natsu asintió.

—La vista es bonita, en verdad —coincidió Igneel, tras echar un vistazo al cielo nocturno.

El niño cerró los ojos y sonrió feliz, acurrucándose en su mantita, y sintiendo el calor de su padre. El no sabía que tenía uno hasta hacía relativamente poco, y tampoco entendía muy bien qué implicaba ser un hijo, pero intentaría hacerlo lo mejor posible. Había hecho una promesa. En aquel momento no recordaba a quien, pero sabía que había hecho una.

La oigo —musitó el pequeño, comenzando a perderse en el mundo de los sueños—. Mi lazo está aquí.

Igneel contempló al pequeño con curiosidad, y tras unos segundos, esbozó una sonrisa comprensiva. —Estoy seguro de que sí, Natsu.





Ni Fairy Tail ni sus personajes me pertenecen, puesto que pertenecen a Hiro Mashima. Esta historia está hecha sin fines lucrativos.
Las imágenes contenidas en esta publicación son propiedad de sus respectivos autores.
Las posibles modificaciones de las mismas, han sido realizadas en base a la historia de la misma y sin ánimo comercial o de lucro.


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