2 de diciembre de 2015

Silences: Halloween´s Special (by Nindë)



Lucy cerró la puerta del aseo de un portazo, provocando que hasta el marco de la puerta retumbara de su sitio.

¡Maldita víspera de todos los santos! ¿¡A quien se le habría ocurrido la estúpida idea de disfrazarse, eh!? ¿¡A quien!? Clavó la mirada en el espejo. Una mujer joven, de melena negra y definidos rizos, le devolvió la intensa mirada. Reconocía que el vestido rojo, junto con el corpiño de cordones que le ajustaba el busto, le quedaba de infarto. Al destino –nótese la ironía del asunto–, le encantaba reírse de ella en toda la cara. En un primer momento, la idea de disfrazarse de Mina Harker¹, le había parecido brutal. Original, y muy divertido. Sin embargo, en el momento en que plantó un pie en el gremio de Sabertooth, y vio una capa ondearse con sutilidad, en medio de todo el gentío, disparó todas y cada una de sus pobres alarmas.

¡En el momento en que pillase a Levy, iba a matarla! ¡Era la única a la que le había confesado de qué iría disfrazada! ¡Y la muy malvada, era la única que podría haberle recomendado –inocentemente o con conocimiento de causa– a él, de qué disfrazarse! ¿¡En serio!? ¿¡Un vampiro!? Se llevó una mano al rostro, exasperada. ¡Bastante tenía con lidiar con sus propios… problemas, como para encima sumarle otro más!

La imagen de Jenny, de Blue Pegasus, acariciándole el rostro a cierto dragon slayer, con sutilidad morbosa, hizo que hasta rechinara los dientes de manera feroz. ¿Una gatita enfundada, en un traje de cuero? ¿¡De donde se había escapado Catwoman, de Batman Returns!? Con la boca fruncida por el cabreo, esbozó una sonrisa macabra. Ahora que caía, ella también tenía un látigo… y sabía usarlo de maravilla.

A lo mejor, si la colgaba de la lámpara de araña del salón, junto con todas aquellas telarañas que decoraban el techo del gremio, quedaría como un simple atrezzo más. Puede que incluso el detalle pasase desapercibido, ¿a que si?

Bufó consigo misma, ante el absurdo tren de pensamientos. Jamás, en toda su vida, se hubiese visto víctima fácil de los celos. No de los normales, no. De los acojonantes. De esos, que te dan ganas de retorcer pescuezos. Y de Natsu. ¡De Natsu! que Mavis la ayudara… porque estaba jodida. Muy en el fondo, reconocía que la combinación del traje negro de Natsu, junto con la sencilla camisa, y la capa, había resultado demoledora para sus propios nervios. Sobre todo, porque en el momento en que él la había visto, y la había reconocido, había esbozado una sonrisa… muy peculiar. Y peligrosa. De esas que auguraban… algo que no sabía exactamente dilucidar.

Se agarró con fuerza al lavabo, sintiendo como las rodillas comenzaban a flaquearle. Reconocía que ya no eran unos niños. Habían crecido. Y por consiguiente, Natsu y ella también lo habían hecho. La dinámica entre ellos había evolucionado también, en cierto modo. Eran los mismos de siempre, pero había sencillos detalles nuevos. Como algunos silencios puntuales, en los cuales se mantenían mutuamente la mirada, esperando que, tal vez, uno de los dos rozara cierto asunto en particular. Sin embargo, nunca había ocurrido. Al menos, hasta el momento.

Porque parecía que, sencillamente, el tragafuegos se había cansado de tanta tontería, y tanto silencio, y había decidido ir a saco, cual conquistador arrasando con todo a su paso. Lucy, sin embargo, no se sentía preparada en absoluto. Jamás, en toda su vida, había tenido nada con nadie. Vale, tampoco era una santa, había tenido unas cuantas citas, pero nada fuera de lo común. Al final, se terminaba cansando. Porque a los chicos con los que había salido, siempre les faltaba algo. Demasiado serio, demasiado azul en sus ojos, demasiado bajito, demasiado corpulento, demasiado… lo que fuese. Siempre, había algo que no la terminaba de convencer. En una ocasión, Levy había espetado entre carcajadas –a causa de unas cuantas copas de más–, que ella solo necesitaba un chico definido, de carácter indomable, que tuviese los ojos verdes, y unos alocados cabellos rosas. Fácil, sencillo, y para toda la familia. Y sus mejillas se habían encendido, casi al punto de entrar en combustión.

Suspiró con profundidad. Se sentía frustrada, en cierto modo. Era cierto que ella, muy en el fondo de si misma, y aunque jamás llegaría a reconocerlo en voz alta, había deseado que Natsu la mirara de forma diferente. Pero nunca se había preparado, porque lo había encasillado en el rincón más profundo y oculto de su cabeza, con un cartel clavado encima, que rezaba la palabra «imposible».

Y al final, se había estampado de bruces con el puñetero cartel, porque no lo había visto venir. Para más inri, no tenía ni idea de qué hacer, por mucho de que le dolieran las entrañas por las ganas de abalanzarse contra él, suscitando instintos que no era consciente de que tuviese.

Hasta que unos suaves golpes a la puerta, la recordaron que aún se encontraba metida en el aseo, cual ladrona preparándose para cometer un robo. Lamentablemente, ella solo quería evaporarse entre las telarañas de adorno.

Los golpes volvieron a retumbar. —¿Lu-chan, estás ahí?

Lucy quiso estampar la frente contra el espejo, pero no lo hizo, por lo que se limitó a entreabrir la puerta, con la mirada más molesta que hubiese dirigido jamás.

La reacción fue un sutil respingo asustado de la usuaria de magia de escritura sólida. —¿Lu… chan? —cuestionó, acojonada ante el aura aterrador que desprendía su amiga.

La respuesta que Levy obtuvo fue un sencillo tirón de su vestido por parte de la maga estelar, para meterla dentro del aseo, y provocando que la pobre jovencita de cabello azul espetase un gritito asustado.

—¿¡Por qué lo has hecho!? —aireó Lucy, con la boca del estómago retorcida por los nervios.

Levy parpadeó, confundida. —¿A qué te refieres?

Lucy se pasó una mano por el rostro, agobiada. —¡La única persona a la que le conté de qué iría disfrazada, fue a ti! ¡Y ahora me encuentro a cierto Drácula rondando por ahí, como si nada! —ladró malhumorada.

Una mirada comprensiva tomó lugar en los ojos de Levy, tras unos momentos de silencio. —Oh, es eso.

Lucy alzó los brazos, en un gesto rápido de incredulidad, provocando un suspiro exasperado por parte de la otra jovencita, disfrazada de novia cadáver.

—¿¡Vas a decirme que estás aquí metida, por eso!? —consultó, sin podérselo creer— ¡Lu-chan, eso es una tontería! ¿Porque le das tanta importancia? ¡Solo es un disfraz, por Mavis!

Lucy enterró sus dedos entre sus cabellos negros y rizados –gracias a un sencillo encantamiento–, desesperada. —¡Puede que para ti no tenga importancia, pero sí para mí! ¡Ya sabes qué opino sobre… —dudó— esto!

Los ojos de la usuaria de magia de escritura sólida mostraron una mirada culpable. —Perdona, no pensé que fuera tan grave… ¡deberías haberle visto! —se defendió, ante el gesto desesperado de su amiga— ¡me puso ojos de cachorrito abandonado! ¡él sabía que yo lo sabía, Lu-chan! ¡y encima, Gajeel se puso de su parte, diciendo que nosotros también iríamos a juego! ¿¡Qué querías que hiciera!?

Lucy espetó un improperio. —¡Haberle mandado a tomar viento!

Levy frunció el ceño. —¡No puedo creer que seas tan terca! ¿Cómo puedes empecinarte de esta manera? —Lucy se cruzó de brazos, y desvió la mirada hasta la pared— Ya te lo he dicho muchas veces, ¡estáis locos el uno por el otro! ¡Y joder, nunca hubiese creído que sería Natsu quien finalmente tomaría cartas en el asunto! —aireó, emocionada.

Lucy frunció la boca, y apoyó las manos sobre el lavabo, desesperada. —¿¡No has podido pensar en mi un poco siquiera!? ¿¡Y si yo no quiero!?

—¡Pues díselo!

Lucy abrió la boca, consternada, pero no pronunció palabra alguna.

—¿Estás asustada? ¡Bien, pues bienvenida al club! —Levy puso los brazos en jarras, dándole un aspecto mucho más imponente, a pesar de su poca estatura— ¡No es fácil, y mucho menos con quien has compartido tanto, durante todo este tiempo! ¡Lo sé de buena tinta! —aseguró, haciendo referencia a cierto dragon slayer de acero— ¡Pero si piensas que voy a creerme que no sientes nada por él, estás muy equivocada! —se llevó una mano a la frente para frotarla, sintiendo un ligero dolor de cabeza— ¡Menudos dos estáis hechos!
La maga estelar cerró los ojos, agotada de repente. —No es tan sencillo, Levy —musitó.

Levy volvió a adoptar una postura culpable. —Lo siento. Sé que es enrevesado, y que la relación que hay entre vosotros es muy… —titubeó— complicada, pero creo que ya os habéis mantenido al margen conteniéndoos durante demasiado tiempo. No tendría que haberle dicho nada, lo sé —reconoció, malhumorada—, pero… ¡tenias que haberle visto, Lu-chan! ¡Fui incapaz de decirle que no, con esa cara de no haber roto un plato en su vida! ¡Estaba taaa~n adorable, queriendo saber de qué irías disfrazada! —aseguró, llevándose las manos a las mejillas, y con estrellitas y corazoncitos revoloteando alrededor de ella.

La joven de cabellos rubios –ahora negros–, se llevó una mano al rostro, exasperada. —No puedo creerlo… —farfulló, derrotada.

Levy casi se vio echando humo por la nariz, cual dragón enfurecido. —Mira, haz lo que tú creas. Por mi, como si quieres esconderte durante toda la noche —se cruzó de brazos—. Sin embargo, no creas que no he visto la cara que has puesto, cuando cierta maga de Blue Pegasus se le ha pegado como una lapa.

El rostro de Lucy perdió todo vestigio de color, y quiso aferrarse de nuevo al lavabo.

Levy posó una mano sobre su hombro, intentando reconfortarla. —No creo que Natsu tenga ojos para nadie más, excepto para ti. Así que… —su boca se curvó en una mueca malvada—, ¿por qué no coges tu vestido rojo –que casualidad, su color favorito, ¿no?–, te acomodas un poco —se llevo las manos al busto, imitando el gesto de acomodarlos para que resaltaran—, y le arrancas de las zarpas de esa arpía? Estoy segura —recorrió con la mirada la silueta de la maga estelar—, de que solo tendrá ojos para ti.

Lucy contempló su perfil en el espejo. La joven que encontró en el reflejo, ya no lucía tan perdida, sino que ahora, un aire de determinación parecía desprenderse de su silueta. Contempló como Levy la guiñaba un ojo, de manera descarada, y rió con sutilidad. Cómicamente, se llevó las manos al busto, acomodándolos para que resaltaran, y se alborotó los rizos negros. Satisfecha con su imagen, se dio la vuelta, provocando que la usuaria de magia de escritura sólida arqueara una ceja con picardía.

Levy curvó una sonrisilla peligrosa. —Esto va a ser divertido.
Natsu hizo una mueca aburrida, por tercera vez consecutiva en lo que iba de noche. Aquella voz empalagosa de mujer, le llegaba de manera lejana. Sin poder contenerse, movió la cabeza, para escanear de nuevo, y disimuladamente, el gentío a su alrededor, intentando localizar cierto vestido rojo. ¿Había dicho alguna vez que era su color favorito? Si, lo era. Y teniendo en cuenta la persona que iba enfundada en él, decir que le había dejado conmocionado, era quedarse demasiado corto. Directamente, y sin anestesia previa, le había dejado medio ido.

Le había costado toda su fuerza de voluntad, el no plantarse frente a ella, para engancharla de un brazo, y echársela al hombro, con el fin de sacarla de allí. Con ese ardor tan curioso, que le enturbiaba las entrañas. Era un calor muy distinto al que sentía mediante su magia ígnea. Una parte de si mismo –una muy profunda y posesiva, que ni siquiera sabía que tenía hasta hacía relativamente poco–, no quería que absolutamente nadie, la viese así: tan bonita y arrebatadora. Incluso con aquellos graciosos rizos oscuros bailándole por la espalda.

Reconocía que le había costado un montón, el sonsacarle a Levy aquella preciada información. Por mucho que le había preguntado a Luce,ella se había limitado a ignorar la pregunta, y esbozar una sonrisa, que hubiese envidiado hasta el gato de Cheshire. Sin embargo, la preocupación le había enturbiado por completo, cuando la mirada de Lucy había tropezado con él, desde el otro extremo del salón, y su rostro había decaído en picado hacia un tono blanquecino.

La boca del estómago se le había retorcido en un nudo inquieto, pero cuando quiso ir tras ella, cierta novia cadáver,de alborotados cabellos azules, había hecho acto de presencia, y le había solicitado con tranquilidad unos minutos a solas con la alborotada maga estelar.

Así que allí se encontraba plantado. Disfrazado, con un montón de voces que surgían a su alrededor de manera difusa, y con una mujer revoloteando a su alrededor. No obstante, no era esa la mujer que él quería a su alrededor. Quería una un poco más bajita, un poco más sencilla, y un poco más divertida. Una, que era capaz de decirle lo que pensaba, sin ningún tipo de vacilación, y a la vez, utilizar todo el tacto del mundo, conociendo de antemano su carácter irascible y voluble. Una, con la que podía hablar de cualquier cosa, y con la que podía involucrarse en cualquier disparatada situación. Una, con la que podía contar sin vacilación alguna, y que encajaba perfectamente en sus brazos cuando se quedaba dormida.

Tal vez, había sido una mala idea. No había querido enturbiar a Luce, en ninguno de los sentidos, y menos en una fiesta. En esos momentos, tendrían que haberse encontrado tomando la tercera ronda de copas, y disfrutando a carcajada limpia. A lo mejor, incluso se hubiese animado a raptarla hasta alguna parte menos iluminada, y abordar la situación de una vez por todas. En cierto modo, esa había sido su intención desde un principio. Desde hacía meses, si era sincero. Estaba harto de tener todo con Lucy a medias. Lo quería absolutamente todo de ella. Y si tenía que disfrazarse de un tío famélico en busca de sangre, cual psicópata perturbado, lo haría. Y eso es lo que había hecho, precisamente.

Sabía que el disfraz que ella escogería, no sería común. Conocía de antemano su obsesión por la literatura antigua. Ella creía que él era despistado con esas cosas. Y, en cierto modo, lo era. Era muy despistado, pero no con las cosas que tenían que ver con ella. Era consciente incluso de su extraña manía de doblar las esquinas de las páginas, para señalar la parte en la que se había quedado de la historia. También inspiraba con profundidad el olor a tierra mojada, después de una tormenta, y se hacía un ovillo en el sofá, hasta quedar dormida, sin llegar a ver el final de las lacri-películas. Y esa parte le encantaba, porque tenía la oportunidad de llevarla hasta la cama, y quedarse a dormir con ella. En esas ocasiones, Lucy, por algún motivo, no le regañaba, sino todo lo contrario. Siempre era la primera en levantarse, con la intención de preparar café recién hecho. Era una adicta a la cafeína mañanera, sin ningún remedio.

Cuando quiso caer en la cuenta, tenía colgando del rostro una sonrisa muy… alelada. Y lo peor de todo, es que cierto idiota, tenía una burlona en el suyo, por lo que intuía que el jodido cabeza de cucurucho le había pillado in fraganti, en mitad de sus alborotadas divagaciones mentales sobre cierta maga estelar.

Las líneas del rostro se le curvaron por el cabreo, y haciendo caso omiso del sutil calorcito que sentía en las mejillas, espetó al aire un improperio.

—¿Ocurre algo, Natsu-san?

El tragafuegos frunció el ceño, aun manteniendo un combate visual con el usuario de magia de hielo, disfrazado de momia; el cual se encontraba acompañado por una jovencita de cabellos azules, enfundada en un gracioso traje de esqueleto.

—No —masculló.

Jenny hizo una especie de puchero. —No me estabas escuchando, ¿verdad?

Natsu no pudo contener las ganas de poner los ojos en blanco. —Oye, creo que voy a ir a…

Sin embargo, Jenny arqueó una ceja, de manera divertida. —¡Vaya! ¡Pero si es la mismísima Mina Harker, qué honor! —aireó con inusitada dulzura.

Natsu giró el cuello abruptamente, para toparse con cierta jovencita que andaba hacia ellos de manera decidida, y enfundada en un particular vestido rojo con corpiño. Varios de los presentes masculinos persiguieron con la mirada a la morena disfrazada, provocando que el tragafuegos frunciese el ceño de manera profunda, y se viese obligado a contener un gruñido violento.

Jenny se abrazó a uno de los brazos del dragon slayer de fuego. —¿Qué hay, querida Mina? Déjame decirte que estás espectacular —movió una mano, en signo exagerado de admiración—. Un disfraz muy adecuado, he de decir, pero un poco clásico, ¿no crees?

Lucy se encogió de hombros. —Puede ser. Lo cierto es que a mí el cuero no me va, ¿sabes? Deja demasiado a la imaginación, y yo prefiero… suscitarla —comentó despreocupada, e igual que si estuviese hablando de la decoración tan bonita que había a su alrededor.

El rostro de Jenny se encendió como la grana. —Si, bueno, una fiesta siempre es una fiesta, al fin y al cabo, así que hay que divertirse, ¿no?

La maga estelar cabeceó en acuerdo. —Tienes razón. A eso he venido, precisamente —alzó la barbilla, decidida.

La mujer de cabellos cobrizos esbozó una falsa sonrisa. —¿Ah, si? Bueno, pues que tengas suerte, querida Mina.

Lucy dio un paso al frente, y en un parpadeo, enganchó al tragafuegos del pañuelo anudado alrededor del cuello de su camisa. —Gracias. Te deseo suerte a ti también, querida —respondió con sorna.

En un instante, la maga estelar había tirado del dragon slayer de fuego, para perderse entre el gentío que abarrotaba el salón; la primera, con los ojos ardiendo, y el segundo, con una mueca absoluta de no entender lo que acababa de ocurrir.

Jenny se cruzó de brazos, y descargó un zapatazo en el suelo, de manera infantil. Sin embargo, tras unos momentos, esbozó una sonrisa divertida. Cierta novia cadáver se acercó a ella, con una mueca culpable en el rostro.

—Siento haberte metido en esto —musitó Levy de manera cohibida.

Jenny esbozó una sonrisa ligera de entendimiento. —Nah, no te preocupes —agitó una mano, restándole importancia al asunto—. Si he de ser sincera, Natsu-san me gusta mucho. Se ha convertido en todo un apuesto joven, pero Lucy no se ha dado cuenta de que él solo tiene ojos para ella. Yo tenía la batalla perdida desde un principio.

Levy sonrió con sinceridad, y enganchó a la maga de un brazo, para tirar de ella con sutilidad. —Vamos a tomar una copa en salud de esos dos, ¿qué te parece?

Los ojos de la mujer revolotearon en preocupación. —¿Crees que estarán bien? El ambiente parecía un poco –demasiado– caldeado entre ellos… —divagó.

La usuaria de magia de escritura sólida suspiró dramáticamente. —Eso espero.

Una gota imaginaria escurrió por la cabeza de Jenny, y se llevó una mano tras la cabeza. —Yo solo espero que ella jamás sepa de esto.

El rostro de Levy palideció al segundo, y miró a la mujer con disparatado terror. —Vamos por esa copa —urgió con celeridad—. Al menos, estaremos borrachas cuando termine con nosotras.

Ni Fairy Tail ni sus personajes me pertenecen, puesto que pertenecen a Hiro Mashima. Esta historia está hecha sin fines lucrativos.
Las imágenes contenidas en esta publicación son propiedad de sus respectivos autores.
Las posibles modificaciones de las mismas, han sido realizadas en base a la historia de la misma y sin ánimo comercial o de lucro.

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