1 de abril de 2016

Damn Good. Chapter IV: Collateral (by Nindë)

Damn Good Soundtrack




«No me malinterpretes, no me importa ser el malo. Yo tomaré las decisiones de vida o muerte mientras tú te preocupas por el daño colateral.»




—¿Nombre?

Lucy se limitó a fruncir la boca. Sacó la sencilla tarjeta de invitación de su bolso de mano, y la extendió. —Heartfilia, Lucy.

El hombre tomó la tarjeta, y tras ojearla, repasó de arriba abajo, y con ojo crítico, a la periodista. Tras unos segundos, esbozó una simulada sonrisa. —Adelante. Que disfrute de la velada, Srta. Heartfilia.

Lucy casi le arrancó la tarjeta de vuelta y se limitó a mascullar por lo bajini un: «Gracias, lo intentaré». Mientras subía la escalinata de la entrada sujetándose la tela del bajo de su vestido, recordó de golpe la sensación de incomodidad que le provocaban tales ambientes. Una vez se colocó bajo el umbral de la entrada de la gran mansión, pudo contemplar como camareros impecablemente ataviados se movían de un lado a otro con grandes bandejas llenas de copas de champagne fino. Reprimió un bufido.

¿Qué demonios hacia ella allí metida? Ah, sí. Intentar mantener una conversación con toda una dama de la jet set. Según Erza le había informado, aquella fiesta era realmente una especie de subasta. Piezas de arte y bisutería que terminarían vendidas al mejor postor, por lo que parte del dinero también se destinaría a obras para la beneficencia. Tuvo que reprimir el impulso de rechinar los dientes mientras contemplaba como muchas de las mujeres, que se encontraban en el gigantesco salón, vestían lujosas telas y zapatos de los más celebres diseñadores.

¿Terminar con el hambre en el mundo? ¿dinero destinado a la beneficencia? ¿a quién demonios pretendían engañar? Si realmente querían ayudar a acabar con todas esas cosas, que cedieran entonces sus fortunas a los sectores más desfavorecidos. Pero claro, esa no era una opción. Se sintió, en cierto modo, como una marioneta más. Otra pieza del juego. Un simple peón.

Alcanzó de manera brusca una de las copas de un camarero que pasó relativamente cerca de ella y tomó un buen sorbo, intentando que le aplacase los nervios del estómago. Había sido una auténtica imbécil, por haberse convencido a si misma de que todo aquello no le afectaría. Su cerebro había comenzado a navegar por las lagunas del tiempo. Uno, mucho más tenebroso y aterrador. No debería haber venido, pensó.

Tragó con dificultad, tras sentir como las telas de su propio vestido, de un bonito dorado ceniza, empezaban a comprimirla más de lo normal. Miró hacia ambos lados. No conocía absolutamente a nadie.

—Bonita fiesta, ¿no cree?

El cuerpo de Lucy pegó un respingo apresurado, para después caer en la cuenta de que un hombre de mediana edad se había posicionado frente a ella, ataviado en un elegante traje azul marino y con unos ojos claros. La contemplaba con una sonrisilla divertida en el rostro.

—¿Qué…? oh, si, por supuesto, es magnífica —se apresuró a contestar.

El hombre mantuvo la sonrisa en su impecable rostro. —Me temo que no tengo el placer de conocerla, señorita… —titubeó.

El cerebro de la joven quedó en blanco durante un instante. —Corona —el nombre le salió disparado—, Flare Corona, un placer conocerle.

Lucy rezó de manera inconsciente. Como Flare, su antigua compañera de universidad, se enterase de que se había hecho pasar por ella, y más en un lugar como aquel, sufriría una muerte lenta y dolorosa. Flare, que se había decantado por la medicina veterinaria, se consideraba toda una activista acérrima en contra de las desigualdades sociales, y defendía que la economía debía ser repartida de manera equitativa. Hubiera encajado en ese ambiente igual de bien que una bailarina de striptease en un convento.

Tras un par de segundos, el hombre tomó su mano y posó un rápido beso sobre el dorso. La copa de Lucy tembló aún sujeta en su otra mano.

—Si mal no recuerdo, no he tenido el placer de hablar con usted en ninguna ocasión anterior. ¿A qué se dedica, Srta. Corona?

La sonrisa de Lucy tembló. —Disculpe mi posible falta de tacto, pero creo que usted aún no me ha dicho su nombre. He de reconocer que me agrada saber con quién estoy hablando.

La sonrisa del hombre se agrandó un poco más, como si en cierto modo la conversación le estuviera divirtiendo. —Oh, disculpe mi falta de modales, por supuesto —coincidió—. Soy Kawabara Tetsuya —inclinó levemente la cabeza en señal de respeto—, y tengo el honor de presidir esta pequeña —con un movimiento de su mano, abarcó la inmensidad del lugar— convención benéfica. Nos encontramos en mi casa de veraneo, por lo que no resido aquí de manera habitual. Me dedico al mundo del arte. Si me permite opinar, la humanidad nos encontramos en una búsqueda permanente de la belleza del mundo, y en ocasiones olvidamos que la verdadera belleza realmente reside en las pequeñas cosas de la vida, ¿no cree, Srta. Corona?

Lucy inspiró sutilmente antes de contestar. —En cierto modo, estoy de acuerdo con usted, Sr. Kawabara. No obstante, pienso que en ocasiones la belleza sencillamente está ahí, salvo que somos nosotros quienes no queremos verla.

Él la miró con tranquilidad. —Una concepción bastante etérea, si me permite decirlo.

Lucy se encogió de hombros. —Puede ser.

—¿A qué me había dicho que se dedicaba? —insistió él, de manera sutil.

Ella tomó otro sorbo del champagne antes de contestar. —Soy reportera. Trabajo para un periódico independiente –espero que no le importe que no le diga para cual, estoy segura de que Ud. me entenderá–, y estoy cubriendo el reportaje de esta pequeña —ironizó sutilmente la palabra— convención benéfica. Permítame decirle que ha hecho un trabajo estupendo —comentó, viendo la cantidad de tentempiés y canapés que ocupaban las alargadas mesas de manteles blancos.

La sonrisa de él se petrificó durante un instante. —No recuerdo haber remitido invitaciones para la prensa, ni de que algún periódico independiente solicitara ningún tipo de asistencia.

La respiración de Lucy se congeló durante unos instantes, y notó como un sudor frío comenzó a adherírsele a la espalda. Abrió la boca para hablar, pero él se adelantó.

—No obstante… —continuó él, recuperando el mismo tono despreocupado de la conversación— no hay mal que por bien no venga, ¿no cree, Srta. Corona? —preguntó al aire— Espero y deseo que pase una agradable velada. Si me disculpa, continuaré haciendo de anfitrión con mis demás invitados. Con permiso.

Por algún motivo que no alcanzó a comprender, Lucy sintió como si aquel hombre hubiese acabado de hacerle un inmenso favor.
—¿Gray?

El bombero se dio la vuelta, justo para contemplar como su amigo le miraba sorprendido de que se encontrase en la estación de policía en la que él trabajaba. Gray rió sutilmente, aun con parte de su mono de trabajo puesto, provocando que algunas mujeres de la oficina suspiraran ante la imagen del muchacho.

—Ey, cabeza de cerilla, hemos tenido que atender cerca de aquí un pequeño incidente doméstico, y ya que estaba por aquí, he pensando en pasar a verte.

Natsu se limitó a arquear una ceja, un tanto escéptico. —Ya… —musitó, alargando la palabra—, ¿y por qué me da la sensación de que últimamente no hacéis nada más que pasar por aquí –que casualidad–, o llamar para ver qué tal va todo?

Lo cierto era que cuando a Natsu le habían avisado por la línea interna de que un tal Gray Fullbuster preguntaba por él desde la recepción, lo primero que le había pasado por la cabeza es que había ocurrido algo malo. Al instante había descartado el pensamiento, puesto que en tal caso, estaba seguro de que le hubiesen llamado al móvil. Y había conseguido ponerle un poco de mal humor, la verdad.

Gray volvió a reír. —Va, anda, no seas quisquilloso. Eres como una abuelita amargada, ¿te lo habían dicho alguna vez? —cuestionó entre risas— He pensado que como nos han dado un rato de descanso, te apetecería que fuésemos a tomar algo.

Natsu suspiró, dándose por vencido. —Claro. Vámonos, anda —hizo un ademán con la cabeza—, antes de que alguna intente arrancarte la ropa que te queda de un mordisco —ironizó, viendo como una de las chicas de recepción miraba a su amigo obnubilada.

La pobre muchacha que escuchó el sarcástico comentario, se limitó a sonrojarse con brutalidad, y a clavar la mirada de nuevo en los papeles de su escritorio, con intenciones de enterrarse entre las letras.
—¿Y bien?

Natsu frunció el ceño, confundido por la pregunta de Gray, y dejó la cerveza sobre la barra. —¿Y bien, qué?

—¿Vas a contarme porque volviste de Hosenka como alma que lleva el diablo? Ni siquiera te despediste, y llevamos días sin saber nada de ti.

El policía se pasó la mano por el rostro, exasperado. —Joder, hemos estado meses enteros sin hablarnos y no ha pasado nada de nada, y ahora por el hecho de que nos hayamos visto un poco más a menudo, ¿tiene que ocurrir algo? ¡Venga, Gray, dejad de joderme! —exclamó.

Gray puso los ojos en blanco, y se armó de paciencia. —No te has preguntado que, tal vez, ¿es porque nosotros hayamos notado algo diferente?

Natsu espetó una risa seca. —¿Cómo por ejemplo? —se llevó de nuevo la jarra a la boca.

—Lucy Heartfilia.

La cerveza salió disparada de la boca del policía, ocasionando una sonrisilla divertida en la boca del bombero. En realidad, esa mueca curvada en el rostro de su amigo le sentó a Natsu como una patada en pleno hígado. —¿Qué? ¿de qué coño me estás hablando?

Gray posó su propia cerveza sobre la barra, y sin ningún tipo de delicadeza. —Mira, puede que a Jerall, e incluso a Gajeel, hayas conseguido colársela, pero no a mí. Tienes la cabeza igual de dura que un puto ladrillo —masculló.

Natsu bufó. —¿Piensas que porque a ti te guste tener a una acosadora detrás tuya, a los demás también? Coño, Gray, estás peor de lo que pensaba.

Contrario a lo que él esperaba, su amigo se tomó el comentario con toda la tranquilidad del mundo. —A diferencia de lo que podáis pensar, Juvia está mucho más cuerda de lo que parece. Reconozco que en ocasiones resulta un tanto excéntrica y su personalidad se alborota con facilidad, pero hemos dejado las cosas claras entre nosotros desde un principio, y, al menos por el momento, nos encontramos bien con ello.

—¿Las cosas claras?

Gray asintió. —Sí, las cosas claras. Nos gustamos, y pasamos buenos ratos juntos. Nada de complicaciones.

Natsu hizo un ademán brusco con el brazo. —¿Y qué coño tiene eso que ver conmigo, joder?

Gray apoyó la cabeza contra su mano. —Que creo que a ti te está volviendo loco, por lo mucho que te gusta ella. ¿Por qué no la has pedido salir?

—¿Y a ti qué te importa? Además, ¿a ti quien te ha dicho que a mí me guste ella, cabeza de cucurucho? —preguntó.

—Simple: os escuché.

La cerveza de Natsu quedó congelada a mitad de camino hacia su boca.

—¿Tú tampoco puedes dormir?

Natsu dejó de apretar la tuerca con la llave del siete, y sorprendido, se deslizó hasta que su cabeza quedó al descubierto de la parte de debajo de su moto. Una Lucy Heartfilia, enfundada en un sencillo pijama corto de verano, le contemplaba sentada desde las escaleras del garaje. Portaba un vaso con lo que parecía cacao caliente. Con una sonrisa, ella alzó la mano que lo sujetaba.

—Me ayuda a conciliar el sueño, ¿quieres uno? —añadió con sencillez.

Sin pretenderlo, los ojos de Natsu acariciaron la silueta de las piernas al descubierto de la mujer. Contuvo una mueca, y se empujó hasta que volvió a quedar oculto bajo la moto. Hizo caso omiso a la pregunta. —Aprovecho para ponerla a punto.

—¿A las tres y media de la madrugada?

Natsu chasqueó la boca. —¿Es que acaso hay un horario determinado para hacerlo?

Lucy rió con suavidad, provocando que dejase nuevamente de apretar. Su risa le resultaba ligera, y no era consciente de que le tranquilizara tanto. Lo cierto era que él se consideraba una persona inquieta. Muchas veces no conciliaba el sueño con normalidad, por lo que se entretenía arreglando y haciendo chapuzas con cualquier cosa que pillaba. Lo más habitual era su moto. Su piso, situado cerca del centro de la ciudad y de dos plantas, tenía acceso a la calle desde su garaje trasero. Le resultaba práctico, y podía hacer lo que le viniese en gana. Una simple cocina adherida a un pequeño comedor, un cuarto de baño amplio, y un dormitorio con una cama de tamaño matrimonial. No entraba dentro de sus planes a futuro el casarse, pero era consciente de que se movía mucho cuando dormía, y era más que ventajosa cuando amanecía con compañía femenina.

En un parpadeo, el recuerdo de sus ojos cafés mirándole con intensidad le retorció con fuerza la boca del estómago. Volvió a apretar la tuerca con la llave, casi con violencia. Hacía apenas unas horas habían regresado de su salida, y había evitado el cruzarse con ella a más no poder. Había entrado en la casa preso de una agitación que no recordaba que hubiese sentido antes. Sin embargo, se había limitado a enterrarlo en lo más profundo de su cabeza.

Tenía una vida sencilla. Mantenía su trabajo, se divertía con alguna que otra mujer cuando la ocasión lo ameritaba, y quedaba con los pelmazos de sus amigos siempre que podía. Le gustaba echar horas extras en el trabajo, por si surgía cualquier imprevisto. Reconocía que trabajar en el cuerpo de fuerzas especiales absorbía la mayor parte de su tiempo, pero nunca le había importado. Entrenaba en el gimnasio de la comisaría siempre que se sentía estresado y salía a correr con Perro todas las mañanas. ¿Qué más podía querer?

Nada.

Absolutamente nada.

No necesitaba de nada en absoluto.

Y sin embargo, sus ojos seguían desviándose para mirar de reojo a aquella joven; sobretodo, cuando ella no se daba cuenta. Igual que si resaltara en medio de todo el paisaje. Tal vez, había dejado pasar demasiado tiempo y necesitaba de una noche intensa de compañía femenina. Y de manera urgente…

La imagen de ella durmiendo plácidamente en el sofá relampagueó con fuerza dentro su cerebro. Hastiado de repente, soltó la llave de cualquier manera, que retintineó con fuerza contra el suelo. Fue consciente de que el cuerpo de Lucy pegó un respingo del susto, y sus ojos le contemplaron con desconcierto, pero no le importó. Salió de debajo de la moto, hecho una auténtica furia. Y no supo el porqué.

—¿Qué es lo que quieres? —siseó, a la vez que clavó sus ojos contra los suyos, una vez estuvo incorporado.

La sonrisa tranquila de Lucy murió lentamente. —¿Qué? ¿a qué te refieres?

—Dime, ¿qué quieres? —repitió.

Lucy continuó mirándole, estupefacta. —No podía dormir… —balbuceó, confundida por completo— He bajado a tomar un poco de cacao, y me he fijado en que las luces del garaje estaban encendidas. Yo…

Natsu se pasó una mano por los cabellos, agobiado. —¡No me refiero a eso, maldita sea!

Ella empezó a tomar aire con un poco más de rapidez, a causa de la agitación. —¿Entonces a qué te refieres?

—¡De mí! —exclamó, desesperado— ¿Qué quieres de mí, eh?

Natsu contempló como Lucy boqueó, aturdida. Una parte de sí mismo –una muy profunda, y que ni siquiera sabía que tenía hasta hacía relativamente poco–, se relamió las fauces de satisfacción. No supo porqué, pero aquello era justo lo que necesitaba. Discutir. Se sentía tan sofocado desde que habían regresado, que no sabía qué hacer.

—¿De ti? —repitió ella, sin poder creer que estuviesen volviendo a pelear después de la agradable velada que habían tenido, y encima, sin motivo o razón aparente— ¡No quiero nada de ti! —respondió a la defensiva— ¡Siento si te ha molestado tanto que te interrumpiera, maldito narcisista!

La joven, levantándose y olvidando el vaso de cacao que había dejado sobre las escaleras, se dio la vuelta con intenciones de volver a su habitación, completamente furiosa.

Tras un par de zancadas, Natsu la alcanzó sujetándola de un brazo. —¿Por qué has venido aquí? —insistió en un siseo.

Ella apretó los dientes. —Ya te lo he dicho —reiteró, masticando las palabras—. He visto las luces encendidas, y vine a ver quién era. Lástima que hayas tenido que ser tú. Hubiera preferido que fuese incluso un cocodrilo —escupió dolida.

La boca de Natsu se curvó. —Tu innata curiosidad periodística, para no variar. Además de un selecto vocabulario —Lucy se sonrojó sutilmente sin poder evitarlo—. ¿Narcisista? —aireó, gratamente sorprendido— ¿en serio?

Lucy intentó soltarse con ahínco. —¿Preferirías estúpido ególatra?

—Lo cierto es que preferiría otro tipo de apelativos mas cariñosos, piernas.

Mierda.

Su autocontrol acababa de irse a tomar viento. Otra vez. Él lo sabía, y ella, desgraciadamente, también había comenzado a darse cuenta. Porque inconscientemente, había terminado arrinconándola contra la pared de la escalera. Y sus cabellos rubios le hacían cosquillas bajo su nariz. No fue consciente de cuanto le gustó la sensación de que sus curvas se comprimieran contra su propio cuerpo. ¿Dónde había estado ella escondida todo ese tiempo? Aquella que aplacase sus malos humos, y fuera capaz de mandarle a freír espárragos sin ningún tipo de vacilación. Tal vez, eso es lo que había estado buscando en ella de manera involuntaria, empujándola al límite una y otra vez. Esa personalidad valiente y decidida, escondida en esa faceta tranquila y distendida. Prendiéndola con la facilidad de una cerilla.

En aquel momento, él quiso todo aquello; quiso absolutamente todo de ella.

Lucy continuó contemplándole, con el pecho tomando aire de manera descontrolada. En realidad, era él, y solo él, quien lograba descontrolarla. Y aquel pensamiento, le provocó un sentimiento de regocijante satisfacción. Aturdida, y comprimida contra él, era una imagen que Natsu grabaría a fuego en sus retinas. Tan dispuesta a saltar al vacío con él… pero la caída no era lo que terminaba matando. Nunca era la caída. Sino el aterrizaje. Siempre el aterrizaje.

Entonces, algo hizo «clic» en su cabeza.

Lucy Heartfilia, sin ser consciente de ello, era capaz de volverle loco.

Y él, no estaba hecho para ella.

Comenzó a separarse lentamente, intentando ganar algo de espacio personal para ambos. Lucy seguía mirándole, con aquellos ojos del color del café hundidos en una total confusión. Él sentía absolutamente todos y cada uno de los miembros del cuerpo en tensión. La idea de que ella susurrase su nombre en un suspiro, tentó su determinación. ¡No necesitaba de una cama, solo…! ¿Solo, qué? Ella estaba dispuesta, él lo sabía. Lo presentía con una fuerza que hasta lo aturdía. ¿Entonces… qué ocurría?

Sin poder contenerse más, Lucy respondió la pregunta que él nunca hizo en voz alta. En un pequeño impulso, ella terminó con la distancia que él había comenzado. Echó los brazos alrededor de su cuello y lo besó. Con aquel curioso ardor que le burbujeaba desde que le había conocido. Y él respondió con la misma intensidad que ella, dejándola aplastada entre él y la pared, tras una zancada.

Ahí es donde él la quería. Reducida a un manojo de nervios por su culpa. Porque era lo mismo que ella conseguía hacer con él. Sufriría su misma ansiedad, y su mismo desasosiego, cual azote de una ventisca en mitad de la tempestad. Porque le haría pagar por haberlo despertado.

Sin poder retenerse, las manos de Lucy le sacaron de su camiseta, lanzándola por ahí de cualquier manera. Muy bien, si ella quería pared y escaleras, tendría pared y escaleras. Preso de una agitación desconocida, alzó su cuerpo de manera que sus piernas quedasen alrededor de su cintura. Lo había intuido desde un principio. Esas condenadas piernas terminarían por hacerle perder la cabeza.

El chirrido de la puerta de la cocina abriéndose les sobresaltó a ambos, deteniéndoles y dejándoles estáticos, aun en mitad de las escaleras del garaje. Natsu espetó un fuerte improperio, con Lucy aun sujeta entre su cuerpo y la pared. Sentía el pecho de ella chocando contra el suyo, en un vano intento por recuperar el aire. Joder, ella no era la única. Esa maldita mujer conseguía dejarle sin aliento, y con las rodillas con la consistencia de un flan.

Contuvo la respiración cuando, quien quiera que fuese, se situó justo frente a la puerta cerrada del garaje. Veía la sombra proyectarse bajo el marco de la puerta, gracias a la tenue luz. No obstante, y por algún motivo, quien quiera que fuese se limitó a cerrar de nuevo la puerta de la cocina y desapareció.

Giró el rostro, y advirtió el sonrosado rostro de ella, quien se mantenía igual de quieta que una estatua. Parpadeó, aturdido. Volvió a pestañear. Y fue consciente de que seguía teniéndola aprisionada contra él. Y de que ella no había dicho una palabra al respecto.

La agitación había terminado esfumándose, pero ella seguía mirándole, aturdida. Puede que esperando su reacción. Natsu torció la boca en un gesto tenso, y dejó el cuerpo de Lucy en el suelo, con todo el cuidado que pudo reunir. ¿En qué demonios había estado pensando? Ni siquiera era capaz de recordarlo. Era un jodido idiota, aparte de un animal. ¿¡Qué pensaría ella ahora, después de aquello!? La pregunta casi le dejó sin aire.

—Natsu.

El aludido pegó un respingo, y volteó a mirarla. El rostro de Lucy lucía atribulado, pero sus ojos brillaban con fuerza. Con suavidad, ella posó la palma de su mano contra su mejilla. ¿Buscaba tranquilizarlo? ¿a él? ¿después de que había conseguido enfadarla otra vez? ¿de dónde demonios había salido ella…?

Natsu agitó la cabeza, como si recién acabase de despertar de una especie de trance. Abrió la boca, pero la volvió a cerrar. En un parpadeo, enganchó la camiseta de un tirón y tras ponérsela, desapareció escaleras arriba.

Después de darse una ducha fría, cogió su mochila, y tras enfundarse su casco y su cazadora, desapareció.

—¿Natsu?

Natsu inspiró con profundidad, y dejó de nuevo la cerveza sobre la barra. El recuerdo se diluyó en su cabeza como espuma de mar y se pasó una mano por el rostro, sintiéndose fatigado de repente. El rostro de Gray se curvó en preocupación.

—Tío, mira, no tengo ni idea de qué demonios se te está pasando últimamente por esa cabeza tuya, pero te doy mi palabra de que solo escuché cosas sueltas.

—No importa —expresó, impertérrito.

Gray esperó unos segundos en silencio. —Ella me cae bien —esbozó una pequeña sonrisa—. Parece una buena chica.

Natsu se encogió de hombros. —Me alegro.

El bombero se pasó una mano por el rostro, empezando a perder la paciencia. —Entonces, ¿dónde está el problema? —cuestionó, empezando a enfadarse.

Natsu se levantó del taburete, y sin decir una palabra, sacó un billete del bolsillo trasero de su vaquero y lo dejó sobre la barra. Ni siquiera se había terminado la cerveza. —Ésa, es la pregunta correcta, muñeco de nieve: no hay problema alguno.
Lucy inspiró profundamente, intentando mantener la poca paciencia que la quedaba. Había mantenido diversas conversaciones con varios invitados, y hasta el momento, no había indicios de Minerva Orland por ninguna parte.

No quería arriesgarse a preguntar a nadie por la dama. ¿Y si al final ella había decidido no acudir? Significaría que había perdido toda una noche, y lo peor de todo, es que no había conseguido absolutamente nada. Maldijo su suerte. Su jefe había tenido la amabilidad de otorgarle una pequeña advertencia hacía escasos días. O conseguía el artículo, o ya podría ir buscándose otro empleo. Bufó irritada ante el recuerdo.

Estaba segura de que había creído distinguir la preciosa y larga melena de Minerva en la subasta, en el momento en que habían ofrecido un fino collar con pequeños engarces de zafiros azules. Sin embargo, con la efusividad de los pujadores había perdido completamente el rastro. Ella ni siquiera se había atrevido a sostener ninguno de los cartelitos con los números pintados. No quería correr el riesgo de que, con la tentación del momento, cometiera la insensatez de pujar. No tenía dinero como para cometer semejante estupidez, por lo que se había limitado a observar todo desde uno de los rincones más apartados.

Desanimada, dejó la segunda –tercera– copa de champagne en la primera mesa que alcanzó, y subió una de las escaleras laterales de mármol, en dirección a uno de los muchos aseos. Necesitaba refrescarse. Desde que había puesto un pie en la fiesta, unas ganas de salir corriendo de allí habían estado haciendo mella en su cabeza sin parar. No quería continuar allí durante un segundo más. La sensación de asfixia no había hecho otra cosa que aumentar.

Sus finos tacones repiqueteaban contra el impecable mármol, y cada eco, era como una bofetada en su cerebro. Por lo que pudo distinguir, en la planta superior apenas había gente. Apreció por el rabillo del ojo como una pareja –ella alarmantenente más joven que él– melosa, se susurraba cosas al oído. Contuvo una arcada de bilis. Estaba rebasando, sin lugar a dudas, el límite de su temple. ¡Ese ambiente era de todo excepto normal, maldita sea! Todo estaba rodeado por una falsa fachada de cortesía y buenas maneras. Excesos y opulencia en cualquier lugar donde posaba la vista. Añoró con fuerza la sencillez de su apartamento. Su vecina, una agradable y anciana mujer que vivía en el piso de enfrente, la saludaba alegremente todas las mañanas desde su balcón mientras regaba las plantas, cuando ella salía del portal en dirección al trabajo. Y estaba segura de que su vecina, aún siendo tan sencilla y bonachona, tenía una escala de valores muchísimo más noble que cualquiera de las personas que aquella noche se encontraban allí.

Tan distraída iba, que sin querer se tropezó con una joven que justo en aquel momento abandonaba el aseo.

—Oh, discúlpeme —musitó Lucy.

La chica se limitó a esbozar una media sonrisa. —No hay problema.

Y con una leve inclinación de cabeza, la joven, enfundada en un coqueto vestido corto de color turquesa y con los cabellos recogidos en una coleta alta, desapareció en dirección contraria hacia las escaleras.

Lucy se pasó una mano por el rostro, agotada física y mentalmente. Tomó aire con profundidad y, sin ganas, empujó la puerta. Los azulejos de un tono azul cielo del aseo la dieron la bienvenida. No alcanzó a poner un pie adentro, cuando abrió los ojos fuertemente a causa de la impresión.

Minerva Orland, frente al enorme espejo de pared colgado sobre los lavabos, se empolvaba la nariz con parsimonia. Lucy agitó la cabeza, recuperándose rápidamente de la impresión. Nerviosa, dio dos pasos más. La puerta se cerró tras ellas.

—¿Sra. Orland? —llamó al aire.

Minerva dejó de empolvarse, y la miró a través del espejo. —¿Quién desea saberlo? —su voz era dulce, pero también estaba imprimida de una inusitada entereza.

Lucy dio un paso más al frente. —Lucy Heartfilia —contestó sin titubear.

La mujer la contempló durante unos segundos. —¿Nos conocemos? —cuestionó, con una extraña sensación de familiaridad.

La periodista negó con la cabeza. —Temo que no tengo ese placer.

Minerva cerró la polvera en seco, causando que emitiera un sonido tosco. —¿Y qué es lo que desea?

—He intentado hablar con usted en sucesivas ocasiones, Sra. Orland.

Minerva frunció la boca. —¿De modo que es usted la periodista que ha estado hostigando a la inútil de mi asistenta, con intenciones de concertar una cita?

Las mejillas de Lucy tomaron un suave color rosado. —En eso me temo que sí soy culpable —confesó.

—¿Y qué me impide tomar la determinación de que la echen de aquí a patadas, Srta. Heartfilia?

El pulso de Lucy le retumbó por las venas. La dulce voz de Minerva Orland había sido sustituida por una mucho más implacable. Sin embargo, no se dejó amedrentar y sostuvo con firmeza la mirada de la mujer.

—Sé que ha declinado cualquier invitación por parte de la prensa sensacionalista, de hablar respecto al rumor que surgió hace un par de semanas. No obstante —continuó, sin dejar que la mujer replicase—, también soy consciente de que ha negado tácitamente cualquier implicación en tal asunto. Por ese motivo es por el que me encuentro hoy aquí, Sra. Orland. Quiero otorgarla la oportunidad de defenderse de un modo honesto. Y he preferido hacerlo directamente con usted, cara a cara. Además, odio los teléfonos —admitió con una media sonrisa.

Minerva continuó contemplándola con profundidad. —El mero hecho de que usted se encuentre aquí, significa que el tiempo se ha agotado —Lucy frunció el ceño, confundida por las palabras de la mujer—. ¿Qué tipo de periodista es usted, Srta. Heartfilia?

—Creo que no sería adecuado que yo la respondiese a esa pregunta —declaró.

—Puede ser —Minerva guardó la polvera dentro de su bolso de mano, y se puso a lavarse las manos con parsimonia—. Sin embargo, es usted, a parte de mí, la única que se encuentra aquí.

Lucy se tomó unos segundos antes de contestar. —Sinceramente, no puedo manifestarle qué tipo de periodista soy, Sra. Orland, pero sí puedo asegurarle que llego hasta el final, independientemente de las consecuencias que pueda tener. Siempre —añadió con arrojo.

La mujer cerró el grifo, y se puso a secarse con la pequeña toalla. —En ocasiones, cuando deseamos algo de manera obsesiva, no es la verdad lo que nos encontramos, sino algo mucho más… perturbador. Todos tenemos nuestra verdad, Srta. Heartfilia, y esa, sí que es la única verdad universal. Lo que puede resultar engañoso para usted, puede que no lo resulte para mí. De lo único que sí estoy segura, es que mi marido es lo más importante que tengo —añadió con fervor—. Gracias a él, he tenido más de lo que hubiese podido desear en algún momento. Dicho esto, y si me disculpa, ahora tengo otros asuntos que atender.

El estómago de Lucy se encogió. Había perdido la partida verbal contra Minerva, y de una manera atronadora. Suspiró. Al menos, lo había intentado. Desalentada, y en cierto modo resignada, abrió su pequeño bolso de mano, y dejó una pequeña tarjeta con sus datos sobre el mueble.

—No seguiré molestándola, Sra. Orland —declaró—. Si cambia de opinión, que sepa que es libre de contactar conmigo cuando quiera. Creo que todo el mundo tiene derecho a defenderse, aunque sea de la más mínima trivialidad.

Minerva esbozó una media sonrisa amarga. Cogió la tarjeta y su mirada se sumió en un punto indefinido. —No se confunda, Srta. Heartfilia. La mayor parte del tiempo, son las trivialidades las que escoden bajo su superficie las verdades más aterradoras.




Ni Fairy Tail ni sus personajes me pertenecen, puesto que pertenecen a Hiro Mashima. Esta historia está hecha sin fines lucrativos.
Las imágenes contenidas en esta publicación son propiedad de sus respectivos autores.

Las posibles modificaciones de las mismas, han sido realizadas en base a la historia de la misma y sin ánimo comercial o de lucro.

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